Resulta casi una obviedad que cuando uno se propone decir algo acerca de sus pasiones tenga que remontarse a ciertos momentos de la infancia, donde –retrospectivamente– creemos reconocerlas en su manifestación primitiva. Es así que en mi niñez encuentro los primeros registros de mi fascinación por eso que podemos denominar larga distancia.
En algunas ocasiones escuchaba que, en determinadas épocas del año, los jugadores de los deportes de conjunto que yo solía frecuentar –básquet, fútbol, waterpolo– dedicaban algunos entrenamientos a algo que llamaban “fondo”. Otras veces, me enteraba de que, durante ese período y también a modo de entrenamiento, algunos participaban de “pruebas de largo aliento”, competencias que demandaban varias horas y de las que terminaban exhaustos. Habiendo crecido un poquito y habiendo visto algún que otro programa en la televisión, empecé a entender que eran carreras de larga duración y que había atletas que se desempeñaban específicamente en ellas.
Como recién contaba con una docena de años, los fines de semana aun me mandaban a varias actividades grupales de las que mencioné anteriormente. Entre ellas también había espacio para participar de un “poliladron”, “quemado” o alguna otra forma de la famosa “mancha”. Como me gustaba mucho hacer cada una de ellas, no quería perderme ni un minuto fuera del campo de juego. Pretendía esforzarme de principio a fin y detestaba tener que salir por estar cansado. A su vez, no sabía muy bien por qué, pero me encantaba trasladarme de un lado a otro trotando. Hallaba en ello no solo una forma de aprovechar el tiempo y de realizar algunos mandados, sino que además sentía que desarrollaba un gran sentido de la responsabilidad.
Pasaron algunos años y el único deporte que sobrevivió entre mis ocupaciones fue en el medio acuático: el waterpolo. Sin embargo, un poco antes de llegar a la mayoría de edad ya había descubierto que aquello que me atraía era la larga distancia, en cualquiera de sus formas. Admiraba a esos hombres que realizaban una actividad en la que desde el punto de partida no podía divisarse el límite de la competencia. Había que esforzarse y permanecer en movimiento en una dirección durante mucho tiempo –quizás durante horas– para llegar a un escenario casi incierto. Había que imaginarse la meta y afrontar un extenso tramo, en el que es menester la constante visualización del objetivo al momento de atravesarlo. Nadar en aguas abiertas, buscar referencias para no perder el rumbo. Correr por las calles de una ciudad y, estando tan lejos del final como del punto de partida, experimentar algún tipo de desarraigo afectivo. Pedalear por una ruta, entender que el viento en contra va a cesar cuando el camino me obligue a cambiar la dirección de mi bicicleta. Quería prepararme para completar un IRONMAN, una competencia cargada de mística que, coincidentemente, fue creada el mismo año en que yo nací: 1978.
Ni bien cumplí las dos décadas decidí comenzar a involucrarme en ese universo que, como señalé desde el comienzo, me resultaba fascinante. Asumí que lo atractivo era transitar una distancia (larga) en la que necesariamente debía conectarme con tres conceptos básicos de la existencia: permanecer moviéndome hacia delante (“keep moving forward”). Desarrollar esta actividad me obligaba a armarme de confianza. Para completar un recorrido que demandaba mucho tiempo y que, al menos en principio, parecía interminable, debía asumir una creencia.
El entrenamiento para esa carrera consiste justamente en convencerse de que eso –insisto, eso, y no cualquier cosa– es posible. De allí que un gran atleta que conozco no se canse de afirmar: “No puedes llegar a menos que lo creas posible”.
Así, el entrenamiento radica en aprender a conocer sus propias limitaciones, explorar los límites de su propio cuerpo, saber qué se puede hacer y qué no, y saber cuáles son los márgenes entre los que se puede oscilar. La clave de esta asimilación de esfuerzos, de esta asimilación de convicciones –creo yo– está en la perseverancia, que está necesariamente acompañada de una muy alta cuota de paciencia. Y todo ese conocimiento forja nuestro temperamento, preparándolo para atravesar otros avatares, probablemente más crueles de los que tienen lugar en nuestro quehacer cotidiano, tan parecido a la larga distancia.
Hace ya varios años que sueño y convivo con las distancias del IRONMAN: 3,8 km de natación, 180 km de ciclismo y 42,2 km de pedestrismo. Entre otras carreras, he corrido 13 Medio Maratón, 7 Maratón, 25 Half Ironman y 10 Ironman. Muy pocas cosas me han arrancado sonrisas como las que he encontrado en cada llegada.

hermosa descripción!!!! Orgullo total!
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