Desde
mi temprana infancia fui jugador de waterpolo en el Club Ciudad de
Buenos Aires. En 1999, con 20 años de edad, sumé a la práctica de
ese deporte un entrenamiento diferenciado por mi interés en
participar en pruebas de larga distancia: la natación, el
pedestrismo, y los diferentes modos de combinación entre ambas.
Igualmente, mis movimientos no tenían más que un único objetivo
final: correr un IRONMAN (3,8 km de natación, 180 km de ciclismo y
42 km de trote), una prueba que apenas vislumbraba el nivel de
difusión y la adhesión masiva de atletas que tiene en la
actualidad.
En
2003, mi hermano (Diego Battista) quedó fuera del equipo finalmente
convocado al Mundial Juvenil de Waterpolo a disputarse en Nápoles
(Italia). Para financiar parte de su pasaje, habíamos juntado dinero
cambiando periódicos y cartones en diferentes puestos de reciclado
del barrio porteño de Pompeya. Sin viaje y con esos pesos ahorrados,
acordamos destinarlo a la compra de mi primera bicicleta: una Chicago
Killer.
Así,
me alejé definitivamente de las riñas acuáticas en las que me
había inmiscuido durante más de 15 años, y empecé a entrenar de
manera seria y metódica en el deporte de las tres disciplinas. Uno
de los problemas que de inmediato se me presentó fue el de afrontar
todos los otros gastos que el triatlón conlleva. Tenía que invertir
en un casco, en pedales que me permitieran deshacerme de las
punteras, en zapatos de ciclismo, calzas, neoprene y demás. La
vestimenta y el equipamiento que se usa para entrenar y competir en
este deporte es extremádamente técnica, y no suele conseguirse en
cualquier lado. Todo es gasto. Me vestía como podía, y entonces
lucía un tanto rústico.
Del
mismo modo en que uno suele imaginar, tal vez con desacierto, que los
profesores que tiene en la facultad están ahí porque obtuvieron un
diez en todas las materias, en ese momento yo pensaba que si quería
obtener algún tipo de ayuda de una marca, a modo de sponsoreo, debía
ganar una carrera. Y si no la ganaba, al menos estar entre los tres
primeros puestos.
Quería
ganar; como lo quieren casi todos. No obstante ello, como cualquier
ser humano que no desea reposar cómodamente en el sillón de la
mediocridad, quería esforzarme al máximo y obrar intensamente en
función de mi mejor rendimiento. Corría como si me persiguieran
para matarme, como si mi vida estuviera en peligro, o como si yendo
más rápido pudiera llegar a redimir mi alma.
Durante
esos años, hubo gente que me ayudó heredándome calzas, cascos,
camperas; otro tanto fui comprándolo yo a medida que iba pudiendo
juntar algún billete con mis trabajos: guardavidas, docente de la
UBA e investigador del Conicet.
En
2006, completé mi primer Ironman: el IronLago de Chajarí, en el que
tardé 11 hs 25 min. La mujer de hierro Marina Saún, tan dulce como
aguerrida, se encargaba de entrenarme en aquella época. Me sostenía
en todo sentido, tal es así que cuando me pelée con una novia,
junto al plan semanal me adjuntó el teléfono de una de sus amigas.
En
2007, pude comprarme mi segunda bicicleta, que no era toda de
aluminio como la anterior, sino que ya tenía algunas partes de
carbono: una Specialized Transition. Mi rendimiento se había
incrementado notablemente respecto del de mis primeras
participaciones. Sin embargo, no había ganado ninguna carrera, y los
puestos del podio permanecían bastante lejos, incluso en eventos
menores o de alcance local. Nunca había estado entre los diez
primeros. Lo único por lo que podía identificarse mi cuerpo en
carrera era porque permanecía fiel al estilo inicial. Los años me
habían ido armando del equipamiento básico, pero continuaba usando
slip y vincha en el trote; tal vez alguna bandana para despuntar el
vicio. Algunos me individualizaban porque insistía en competir con
un top de lycra negro, de una marca que ya no existía, el mismo que
usaba hacía ya más de 5 años.
En
abril de 2008, cuando el responsable de la firma Xtres (indumentaria
deportiva) me cruzó en la previa de la primera edición del Half
Ironman de Concordia, me dio por iniciativa propia una calza y un
top, y me dijo: “Así dejás de usar esa remera vieja”. Al
finalizar el evento, me dio una calza y una casaca de ciclismo y me
dijo: “Te anotaste para correr en Brasil. Tomá. Usalo para
entrenar estos días.” En el mes de mayo, consumé mi primera
participación en el Ironman de Florianópolis con un tiempo de 10 hs
52 min.
En
noviembre de ese mismo año encontré que la publicidad de Xtres en
la Revista Biciclub tenía una imagen mía, al igual que una de las
lonas del gazebo con el que vendían la ropa en uno de los stands del
Triatlón de Baradero. Tras la carrera, su dueño me entregó un
nuevo top, una casaca y una calza para que renovara mi equipo con
vistas al Ironman de Brasil 2009. Ese año completé por tercera vez
la distancia en 10 hs 05 min.
A mi
regreso de la Isla, me encontré con mucha gente dispuesta a
ayudarme. Ezequiel Haupt, el dueño del Taller (Sprint Haupt) que
funciona en el Circuito KDT (pista porteña de 1,2 km en la que
entreno), me informó que no me cobraría guardería por dos años, y
que me haría un gran descuento en los gastos vinculados al
mantenimiento de mi bicicleta. Una amiga, Mariana Marti, consiguió
que Optica'l me diera unos lentes y algo de dinero por una
publicidad. Raúl Amil, entrenador devenido Sensei desde hacía más
de un año, se convirtió en un gran soporte espiritual y comenzó a
intervenir con su ayuda en otros aspectos de la vida. Y el conocido
Martín Sturla, a quien admiraba y le escribía notas por absoluta
admiración a su trayectoria, comenzó a abrigar mis inviernos al
facilitarme algunas calzas largas y camperas de ciclismo.
En
2010 me compré mi tercera bicicleta: una Fuji D6. Ese año en Brasil
2010 corrí por primera vez la distancia debajo de la barrera de las
10 horas: hice 9 hs 49 min. Durante la primavera recibí un conjunto
completo de vestimenta Xtres y comencé a trazar un vínculo más
serio con la firma. Continuaba sin haberle ganado a nadie, pero
algunas puertas evidentemente se abrían.
Yo
no era el más lindo. Muy lejos estaba mi porte de la figura de Iván
de Pineda o de la musculatura de Brad Pitt. De igual modo, yo no era
el más veloz en carrera. Muy lejos estaban los magníficos tiempos
del feroz Eduardo Sturla o del excéntrico Faris Al Sultan. No
obstante, la perseverancia de alguna manera daba sus frutos, y parte
del entorno contribuía en virtud de su reconocimiento.
A
fines de 2010 viajé a Uruguay para competir en el IronPunta. Con 10
hs 15 min de carrera me ubiqué en el puesto 11. Mi idea era
afianzarme como un atleta que estaría presente en los eventos de la
distancia que se hicieran en la región, fueran o no de la firma
oficial.
El
Ironman de Brasil 2011 me tuvo en la llegada con 9 hs 57 min; y en el
del 2012, tardé 9 hs 50 min. Por segunda vez, entre 2000
competidores, había quedado en el puesto 88 de la clasificación
general. Ese mismo año, Martín Sturla, quien ya se había
convertido en mi amigo, intercedió ante los responsables de la firma
Pulver (suplementos nutricionales) para facilitarme el acceso a
geles, proteínas y otros productos fundamentales para mi
entrenamiento y recuperación. Lo que más me honraba era que el
cuatro veces ganador del Ironman de Brasil me hubiera presentado como
“un atleta amateur muy sacrificado”.
Con
la ayuda de Xtres y de Pulver encaré mis esfuerzos con energías
renovadas. El 2012 se cerró con un puesto 5 en la primera edición
del IronConcordia (Entre Ríos, Argentina), con 10 hs 32 min, y con
otro puesto 5 en el IronPunta, con 10 hs 13 min. Fueron dos pruebas
separadas solo por un espacio de cinco semanas, un desafío que (debo
confesar) no sabía cómo terminaría.
El
2013 me tuvo en Brasil con un agónico 9 hs 59 min; y por tercera vez
en el caluroso IronPunta, en el que me ubiqué en el puesto 3 con 10
hs 18 min.
El
2014 cerré mi séptima participación consecutiva en Brasil y mi
decimosegunda participación en un ironman con mi mejor registro
personal hasta la fecha: 9 hs 41 min. Este año sigo disfrutando de
algunos beneficios como atleta Pulver y he refundado mi vínculo con
Xtres, que me ha provisto de todo lo necesario en vestimenta y ha
comprendido que, en carrera, el uso del slip, el top y la visera se
ha transformado en una marca identitaria. Sin embargo, esto ya es
casi hablar sobre el presente, algo que no nos gusta a los personajes
devotos de las narrativas, como la que en estas líneas he procurado
ir trazando.
Estoy
muy agradecido con todos los que me han ayudado hasta hoy. Lo tomo
como una especie de reconocimiento a la continuidad que he intentado
darle a mis esfuerzos en este deporte. Me obligan a creer. Es la
única manera de considerar que permanecer moviéndose hacia adelante
tiene algún sentido, por más trivial que ello parezca.


