jueves, 28 de agosto de 2014

¡Ni el más lindo, ni el más veloz! But..., Here We Go!

Desde mi temprana infancia fui jugador de waterpolo en el Club Ciudad de Buenos Aires. En 1999, con 20 años de edad, sumé a la práctica de ese deporte un entrenamiento diferenciado por mi interés en participar en pruebas de larga distancia: la natación, el pedestrismo, y los diferentes modos de combinación entre ambas. Igualmente, mis movimientos no tenían más que un único objetivo final: correr un IRONMAN (3,8 km de natación, 180 km de ciclismo y 42 km de trote), una prueba que apenas vislumbraba el nivel de difusión y la adhesión masiva de atletas que tiene en la actualidad.
En 2003, mi hermano (Diego Battista) quedó fuera del equipo finalmente convocado al Mundial Juvenil de Waterpolo a disputarse en Nápoles (Italia). Para financiar parte de su pasaje, habíamos juntado dinero cambiando periódicos y cartones en diferentes puestos de reciclado del barrio porteño de Pompeya. Sin viaje y con esos pesos ahorrados, acordamos destinarlo a la compra de mi primera bicicleta: una Chicago Killer.
Así, me alejé definitivamente de las riñas acuáticas en las que me había inmiscuido durante más de 15 años, y empecé a entrenar de manera seria y metódica en el deporte de las tres disciplinas. Uno de los problemas que de inmediato se me presentó fue el de afrontar todos los otros gastos que el triatlón conlleva. Tenía que invertir en un casco, en pedales que me permitieran deshacerme de las punteras, en zapatos de ciclismo, calzas, neoprene y demás. La vestimenta y el equipamiento que se usa para entrenar y competir en este deporte es extremádamente técnica, y no suele conseguirse en cualquier lado. Todo es gasto. Me vestía como podía, y entonces lucía un tanto rústico.
Del mismo modo en que uno suele imaginar, tal vez con desacierto, que los profesores que tiene en la facultad están ahí porque obtuvieron un diez en todas las materias, en ese momento yo pensaba que si quería obtener algún tipo de ayuda de una marca, a modo de sponsoreo, debía ganar una carrera. Y si no la ganaba, al menos estar entre los tres primeros puestos.
Quería ganar; como lo quieren casi todos. No obstante ello, como cualquier ser humano que no desea reposar cómodamente en el sillón de la mediocridad, quería esforzarme al máximo y obrar intensamente en función de mi mejor rendimiento. Corría como si me persiguieran para matarme, como si mi vida estuviera en peligro, o como si yendo más rápido pudiera llegar a redimir mi alma.
Durante esos años, hubo gente que me ayudó heredándome calzas, cascos, camperas; otro tanto fui comprándolo yo a medida que iba pudiendo juntar algún billete con mis trabajos: guardavidas, docente de la UBA e investigador del Conicet.
En 2006, completé mi primer Ironman: el IronLago de Chajarí, en el que tardé 11 hs 25 min. La mujer de hierro Marina Saún, tan dulce como aguerrida, se encargaba de entrenarme en aquella época. Me sostenía en todo sentido, tal es así que cuando me pelée con una novia, junto al plan semanal me adjuntó el teléfono de una de sus amigas.
En 2007, pude comprarme mi segunda bicicleta, que no era toda de aluminio como la anterior, sino que ya tenía algunas partes de carbono: una Specialized Transition. Mi rendimiento se había incrementado notablemente respecto del de mis primeras participaciones. Sin embargo, no había ganado ninguna carrera, y los puestos del podio permanecían bastante lejos, incluso en eventos menores o de alcance local. Nunca había estado entre los diez primeros. Lo único por lo que podía identificarse mi cuerpo en carrera era porque permanecía fiel al estilo inicial. Los años me habían ido armando del equipamiento básico, pero continuaba usando slip y vincha en el trote; tal vez alguna bandana para despuntar el vicio. Algunos me individualizaban porque insistía en competir con un top de lycra negro, de una marca que ya no existía, el mismo que usaba hacía ya más de 5 años.
En abril de 2008, cuando el responsable de la firma Xtres (indumentaria deportiva) me cruzó en la previa de la primera edición del Half Ironman de Concordia, me dio por iniciativa propia una calza y un top, y me dijo: “Así dejás de usar esa remera vieja”. Al finalizar el evento, me dio una calza y una casaca de ciclismo y me dijo: “Te anotaste para correr en Brasil. Tomá. Usalo para entrenar estos días.” En el mes de mayo, consumé mi primera participación en el Ironman de Florianópolis con un tiempo de 10 hs 52 min.
En noviembre de ese mismo año encontré que la publicidad de Xtres en la Revista Biciclub tenía una imagen mía, al igual que una de las lonas del gazebo con el que vendían la ropa en uno de los stands del Triatlón de Baradero. Tras la carrera, su dueño me entregó un nuevo top, una casaca y una calza para que renovara mi equipo con vistas al Ironman de Brasil 2009. Ese año completé por tercera vez la distancia en 10 hs 05 min.
A mi regreso de la Isla, me encontré con mucha gente dispuesta a ayudarme. Ezequiel Haupt, el dueño del Taller (Sprint Haupt) que funciona en el Circuito KDT (pista porteña de 1,2 km en la que entreno), me informó que no me cobraría guardería por dos años, y que me haría un gran descuento en los gastos vinculados al mantenimiento de mi bicicleta. Una amiga, Mariana Marti, consiguió que Optica'l me diera unos lentes y algo de dinero por una publicidad. Raúl Amil, entrenador devenido Sensei desde hacía más de un año, se convirtió en un gran soporte espiritual y comenzó a intervenir con su ayuda en otros aspectos de la vida. Y el conocido Martín Sturla, a quien admiraba y le escribía notas por absoluta admiración a su trayectoria, comenzó a abrigar mis inviernos al facilitarme algunas calzas largas y camperas de ciclismo.
En 2010 me compré mi tercera bicicleta: una Fuji D6. Ese año en Brasil 2010 corrí por primera vez la distancia debajo de la barrera de las 10 horas: hice 9 hs 49 min. Durante la primavera recibí un conjunto completo de vestimenta Xtres y comencé a trazar un vínculo más serio con la firma. Continuaba sin haberle ganado a nadie, pero algunas puertas evidentemente se abrían.
Yo no era el más lindo. Muy lejos estaba mi porte de la figura de Iván de Pineda o de la musculatura de Brad Pitt. De igual modo, yo no era el más veloz en carrera. Muy lejos estaban los magníficos tiempos del feroz Eduardo Sturla o del excéntrico Faris Al Sultan. No obstante, la perseverancia de alguna manera daba sus frutos, y parte del entorno contribuía en virtud de su reconocimiento.
A fines de 2010 viajé a Uruguay para competir en el IronPunta. Con 10 hs 15 min de carrera me ubiqué en el puesto 11. Mi idea era afianzarme como un atleta que estaría presente en los eventos de la distancia que se hicieran en la región, fueran o no de la firma oficial.
El Ironman de Brasil 2011 me tuvo en la llegada con 9 hs 57 min; y en el del 2012, tardé 9 hs 50 min. Por segunda vez, entre 2000 competidores, había quedado en el puesto 88 de la clasificación general. Ese mismo año, Martín Sturla, quien ya se había convertido en mi amigo, intercedió ante los responsables de la firma Pulver (suplementos nutricionales) para facilitarme el acceso a geles, proteínas y otros productos fundamentales para mi entrenamiento y recuperación. Lo que más me honraba era que el cuatro veces ganador del Ironman de Brasil me hubiera presentado como “un atleta amateur muy sacrificado”.
Con la ayuda de Xtres y de Pulver encaré mis esfuerzos con energías renovadas. El 2012 se cerró con un puesto 5 en la primera edición del IronConcordia (Entre Ríos, Argentina), con 10 hs 32 min, y con otro puesto 5 en el IronPunta, con 10 hs 13 min. Fueron dos pruebas separadas solo por un espacio de cinco semanas, un desafío que (debo confesar) no sabía cómo terminaría.
El 2013 me tuvo en Brasil con un agónico 9 hs 59 min; y por tercera vez en el caluroso IronPunta, en el que me ubiqué en el puesto 3 con 10 hs 18 min.
El 2014 cerré mi séptima participación consecutiva en Brasil y mi decimosegunda participación en un ironman con mi mejor registro personal hasta la fecha: 9 hs 41 min. Este año sigo disfrutando de algunos beneficios como atleta Pulver y he refundado mi vínculo con Xtres, que me ha provisto de todo lo necesario en vestimenta y ha comprendido que, en carrera, el uso del slip, el top y la visera se ha transformado en una marca identitaria. Sin embargo, esto ya es casi hablar sobre el presente, algo que no nos gusta a los personajes devotos de las narrativas, como la que en estas líneas he procurado ir trazando.

Estoy muy agradecido con todos los que me han ayudado hasta hoy. Lo tomo como una especie de reconocimiento a la continuidad que he intentado darle a mis esfuerzos en este deporte. Me obligan a creer. Es la única manera de considerar que permanecer moviéndose hacia adelante tiene algún sentido, por más trivial que ello parezca.

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